Yo supongo que a estas horas ya andas volviendo locos, a unos cuantos residentes como tu en el más allá, con esos chistes y esa ironía que te caracterizaba en Vida. Habrás entrado por la puerta grande en la normalidad de la Eternidad, que tiene que existir porque, si así no fuere, viendo lo que te tocó y observando lo que sufriste, era como para rebelarnos e incendiar todo lo que pillásemos por delante...
Así es que, los que te quisimos, seguimos creyendo en Cristo porque... ya me dirás, si así no fuere, qué nos quedaría...
Como tanto me insistió el Padre Pereira, del que te hablé alguna vez, la Fe no debemos perderla nunca. Si la perdemos, estaremos perdidos...aunque algunos que van de agnósticos traten de disimular lo contrario. Seguro que de eso te habló aquella tarde don Belisario, el cura de Manzaneda, al que tanto apreciabas...
El ejemplo de resignación, de tu aceptación de lo irremediable de la enfermedad, que nos diste a todos los que fuimos de vez en cuando a verte sufrir, fuere en el hospital, fuere en casa...nos ha marcado y nos marcará para siempre.
Tan grande como fuiste en lo físico, lo fuiste en fortaleza, en paciencia, en capacidad para convivir con el dolor, con lo irreversible de la situación...Hasta el final fuiste así. Tu sufrimiento se transformó en una acelerada escuela de la Vida para quienes eramos cercanos.
Hoy, después de ver lo que te tocó en suerte, solo podemos dar gracias a Dios por cada día que nos da, por cada mañana en que nos levantamos; y lamentar eternamente que te haya tocado irte tan pronto y víctima de la crueldad horrorosa del maldito cáncer.
Ahora, querido cuñado, empiezan en nuestras mentes las proyecciones de los recuerdos, de tus recuerdos, de los tiempos pasados, de los momentos felices...
A los que nos da por la Tauromaquia, inevitablemente, se nos aparece tu imagen uniformado con aquellos mandilones a rayitas azul y blancas, característicos de tu peña “Pepe-Hillo de Barrantes”.
Siempre me preguntaba por qué el azul y blanco de aquella peña taurina pontevedresa. Pensé en los colores del ayuntamiento capitalino...pero luego supe que tu pasión por el Espanyol de Barcelona, te llevó a elegir la peña “Pepe-Hillo de Barrantes” porque eran tus colores del alma, los mismos que te llevaste en la bufanda futbolística que tu esposa no olvidó meter en tu ataúd.
En fin, querido Juan... Ha pasado menos de una semana y aquellas enfermeras del hospital de Montecelo, con las que -aún estando a un paso de la Muerte- te metías con tus bromas e ironías, te echan en falta. Porque ellas también vieron en tu actitud un ejemplo digno de recuerdo.
Y yo aún recuerdo tus palabras de hace semanas, cuando me hablabas un día de la pasta de que están hechos los toreros, y de cómo -en aquel lecho de hospital- te sentías torero para superar tan duros momentos : “los toreros buenos no se arrugan, están hechos de una pasta especial y superan lo que les echen. Esta cornada que tengo es profunda, dura, de varias trayectorias, pero...yo soy como esos toreros y voy a salir adelante...”.
Tenías fe, mucha fe en poder superar aquello y...la realidad, cruel, tremenda, era que no lo ibas a poder superar.
Pero siempre me hablabas en lenguaje taurino. Incluso ya en tus últimos días, en tu agonía, cuando veías por fin de cerca a la Muerte : “creo que esta cornada -al final- me va a llevar por delante...no va a poder ser”, me susurraste tres, cuatro días antes de morirte. Luego me hablaste de tu mujer, de tus hijos, a los que tanto querías...sabías bien que no van a estar solos, que somos unos cuantos los que estaremos pendientes de ellos, aunque...claro está, tu ausencia es ya irremplazable.
Querido Juan : si el problema fuese hablar de toros, búscate a mi abuelo Emilio por ahí arriba y dile que te de los cursillos taurinos acelerados que a mi me dio cuando eran niño. Seguro que -además- te llevará a saludar a sus ídolos... a don Alvaro (Domecq), te presentará a Ordóñez (don Antonio) y te explicará cómo aquellos toros de antes no se caían porque pastaban de verdad y no eran "rellenos con el bombín del pienso que les vuelve locos y artificialmente les engorda en los meses finales...".
Tu no te preocupes por nada... que ahí arriba te encontrarás con todos los que un día aquí fueron. De toros, de las maderas nobles que te apasionaban, de la pesca...de todo y de todas las aficiones tendrás ahí para discutir, apasionarte, empaparte... Lo único que me han advertido, querido cuñado, es que no hay tinto de Barrantes, ni churrasco, ni el carneiro ao espeto que te gustaba, ni la tortilla del sitio aquel de la playa de Lourido... Del comer y el beber, ciertamente, dicen que ahí no se necesita, que es cosa espiritual y que tazas, tinto que mancha, albariño como es debido, lacón con grelos y sardinas asadas...eso, es solo cosa terrenal.
¿Sabes qué hice el domingo pasado, apenas unas horas antes de que nos dijeses definitivamente adiós?. Localicé aquel bar cercano a tu casa, donde tienen un Barrantes glorioso...pedí pulpo, chinchos fritos y un filete y, acordándome de ti cada vez que llevaba mis labios a la taza, entendí perfectamente por qué te hiciste de la peña “Pepe – Hillo de Barrantes”. No fue solamente por lo del azul y blanco; fue porque los garrafones y las botas que llevábais cada año al coso de San Roque eran clase aparte : albergaban ese tinto tan espeso y especial que, cuando es bueno de verdad -como el del domingo- entra uno a ver qué pasa y...sale finalmente toreando.
Ahora entiendo yo la generosidad infinita de cierto público -de peñas- de la Plaza de Pontevedra, del que tu durante años formaste parte. Bendecidos por el Barrantes, era imposible que no sacáseis el pañuelo blanco al final de las faenas.
Bromas aparte, ahora ya en serio, querido cuñado, siendo como tu en Vida fuiste, un hombre profundamente bueno, es imposible que el intenso dolor no nos haya atravesado en estos 8 meses y que tu muerte no deje una huella imborrable en los que te tratamos, te conocimos y te quisimos.
Cuando pase por Barrantes, pediré no una sino dos tazas de ese tinto glorioso y...taurino. Una será por ti...y la otra por la Tauromaquia, que en Vida respetaste, viviste y a tu manera quisiste. ¡Y eso es mucho en los tiempos que corren!.
Descansa en paz, te deseamos quienes un día -sabe Dios cuando, pero a todos nos llegará finalmente- contigo nos encontraremos en el más allá.
Hasta siempre y hasta entonces, querido Juan.
EUGENIO EIROA FRANCO
Director de NATURALES, CORREIO DA TAUROMAQUIA IBERICA